Con la fuerza de un testimonio coral y el pulso de la denuncia, El retablo de mi protesta recupera las voces que el miedo intentó silenciar en Ayacucho. La cinta no solo retrata el horror de la represión del 15 de diciembre de 2022 —sus víctimas, la violencia militar, las heridas abiertas—, sino también la potencia del arte como resistencia: los retablos de Edilberto Jiménez, el hip hop de los colectivos juveniles, el teatro y los huainos que sostienen la memoria viva de un pueblo. En diálogo con el director Joseph D.A., el filme revela la complejidad de un trabajo colectivo que, a través de la investigación histórica y el acompañamiento a las familias de la ASFAH (Asociación de Familiares de los Asesinados y Heridos el 15 de diciembre del 2022 en Ayacucho), transforma el duelo en exigencia de justicia. Entre el dolor, la poesía y la crudeza de las imágenes, el documental se alza como un acto de valentía audiovisual que conecta a Ayacucho con el resto del país, recordándonos que la memoria incomoda porque sigue reclamando verdad. La película se proyectará en la sala del Centro Cultural Cine Chimú este 10 de octubre, acompañada de un espacio de conversación que invita al público a dialogar sobre memoria y justicia.
Por Martín M. Sánchez (Anticinefilia)
Desde la primera secuencia, El retablo de mi protesta se presenta como un grito colectivo que no busca consuelo, sino memoria. En los rostros se perciben las huellas del despojo y en las palabras, el eco de historias que se resisten a ser silenciadas. No hay distancia entre quien mira y quien es mirado: el dolor se vuelve compartido, y la imagen, un acto de restitución. Este documental no pretende narrar una tragedia, sino devolver la voz a quienes fueron borrados por la violencia y el miedo.
Las entrevistas revelan que las pérdidas humanas no fueron lo único que sometió al pueblo. Los sueños truncados, el trauma y las consecuencias del presente condicionan el vivir cotidiano Los sueños truncados, el trauma y las secuelas del presente condicionan la vida cotidiana, como si la mera existencia se hubiera convertido en un pesar que no se disipa con los años. Es mérito de una exhaustiva investigación encontrar diálogos tratados con empatía en el material final; sin ello, no existiría la profundidad necesaria para que incluso el espectador más distraído comprenda el daño irreversible padecido por los ayacuchanos.

Foto: Carlos Enrique Lopez Ponce de León
En tiempos de censura, la cinta se atreve a mostrar el ataque sanguinario de los militares. La sangre como elemento constante y las balas marcan el tono del relato e imposibilitan la desconexión: no por morbo, sino por empatía. La insania representa el estado puro de la violencia, que, cada cierto tiempo, se contrasta con las declaraciones de los familiares. Así se extingue cualquier zona de confort y solo quedan la supervivencia y las ganas de luchar. Lo visceral de la imagen sostiene el mayor poder del documental: las pruebas de una denuncia que sigue esperando respuesta.
La presencia del arte también adquiere un peso significativo. A través de él, representaciones de protesta se levantan y mantienen vivos los vínculos con quienes ya no están. La propuesta no se limita a la construcción de retablos: el hip hop, los huainos y el teatro popular amplían el lenguaje expresivo. Todo forma un tejido que reconstruye la identidad de Ayacucho en medio del conflicto. No se trata de huir de la realidad, sino de enfrentarla desde la creación. A diferencia de los militares, el arte se convierte en un arma sin munición que dispara con fuerza cultural.
La relevancia de El retablo de mi protesta radica en exponer, sin filtros, la violencia de un Estado opresor. Más que la estética o el tecnicismo, su montaje orgánico busca la confrontación directa. Libre del temor a represalias, el documental se erige como un acto de valentía audiovisual que reclama justicia y exige consecuencias. Es, sin duda, una obra necesaria para comprender con mayor claridad la realidad peruana, su belleza y su calvario.

Dialogo con Joseph D.A. (director de El retablo de mi protesta)
—¿Cómo ha sido el recibimiento que tuvieron en las distintas salas que visitaron, en Ayacucho principalmente? ¿Cuál es la expectativa que tienen de estrenar en el Cine Chimú?
En Ayacucho se estrenó en el Cine Teatro Municipal el 15 de diciembre del año pasado, durante tres días consecutivos, y las tres funciones estuvieron llenas. Posteriormente, se proyectó en espacios más pequeños, como la Facultad de Derecho y la Facultad de Educación de la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga. Ahora estamos gestionando nuevas funciones en otros espacios universitarios y en distintos cineclubes del país.
La expectativa con el estreno en el norte, en el Cine Chimú, es buena. Esperamos que la gente asista, que se pueda generar una conexión entre el sur y el norte a pesar de la distancia. Creemos que este es un momento complejo para el país, con retrocesos en derechos humanos y laborales que nos afectan a todos. Pensamos que el cine puede ser un puente para articular estas luchas, un espacio donde el arte se convierta también en protesta. Esa es la expectativa: que la gente vaya, vea y comprenda lo que ocurre en Ayacucho, incluso desde lejos.
—El documental se centra en la protesta y en un hecho que dejó huella en Ayacucho. ¿De qué manera el proceso de investigación sobre este suceso afectó tu mirada como cineasta y como ciudadano?
La investigación parte de la historia de Ayacucho. El suceso del 15 de diciembre resonó profundamente porque evocó los años del conflicto armado: violaciones a los derechos humanos, crímenes de lesa humanidad, represión. Todo eso volvió a sentirse con fuerza. Para el documental realizamos una investigación directa, visitamos la ANFASEP, el Museo de la Memoria, leímos cartas de las madres y familiares. Fue un proceso emocionalmente muy intenso.
Entrevistamos a mujeres como Ruth Bárcena, Giovanna Mendoza y Sheila Prado, cuyas voces son poderosas y profundamente humanas. Ellas representan una lucha que trasciende lo individual. La voz de Giovanna, por ejemplo, se ha convertido en un referente nacional por su fuerza y convicción. También trabajamos con Edilberto Jiménez, artista fundamental del retablo ayacuchano como herramienta de memoria. Su obra no solo preserva costumbres, transforma el dolor colectivo en testimonio.
Investigamos también las raíces coloniales de la violencia, revisando textos de Guamán Poma y estudios sobre la continuidad de la represión desde la Colonia hasta hoy. Hay una línea que conecta todo: la violencia, la marginalización y el olvido institucional. Comprender eso fue esencial para darle al documental una mirada más profunda sobre lo que significa ser ayacuchano y peruano.

—En el documental se aprecia también la conexión entre el arte y la protesta: el hip hop, los desfiles, los retablos. ¿En qué momento decidieron incluir ese aspecto artístico?
El arte siempre ha estado presente en Ayacucho. Cualquiera visitante lo percibe: hay música, pintura, tallado, poesía. Muchas canciones hablan de la memoria y del dolor, pero también de resistencia. El arte es inseparable de la identidad ayacuchana.
Además, existen colectivos juveniles que pintan las calles de murales, grafitis y mensajes anónimos que funcionan como voces colectivas. Nosotros siempre estuvimos pendientes de esas expresiones. Yo registro protestas desde hace años, incluso desde las movilizaciones contra Merino, por Inti y Bryan. Fidel, por su parte, viene del mundo de la poesía, así que desde ambos lados había una conexión natural entre arte y lucha.
En el proceso conocimos a artistas como Reinaldo Quispe, un joven retablista que hizo una obra sobre el 15 de diciembre. Su retablo se volvió viral en redes y lo entrevistamos; de hecho, su pieza es la que aparece en el afiche del documental. Esa suma de voces, desde el hip hop hasta los retablos, permitió construir una memoria coral, donde el arte es una forma de decir “aquí estamos” frente a la injusticia.

—¿Cómo fue congeniar y coincidir con las miradas de dos directores más en un proyecto tan cargado de memoria y dolor colectivo?
Desde el inicio no pensamos en direcciones individuales, sino en una película hecha de forma colectiva. Luego, con el avance del proceso, surgió la necesidad de articular distintas perspectivas. Yo me encargué del registro de las protestas, Fidel trabajó la poesía y Álvaro aportó la idea del dispositivo del retablo junto con Edilberto Jiménez.
Durante el proceso hubo muchas reuniones, discusiones y momentos de tensión. Trabajamos dos años en construir el documental y, como todo proyecto colectivo, tuvo altibajos. Nos permitió sumar distintas sensibilidades. Cada uno de nosotros aportó su mirada, y al final decidimos compartir la dirección, porque el resultado era verdaderamente fruto de un trabajo conjunto.
Lo más importante era mantener el objetivo inicial: visibilizar la voz de las familias del ASFAH y contar lo que realmente ocurrió, sin censura ni filtros. El documental busca mostrar la realidad, con toda su crudeza y humanidad.

—El documental muestra imágenes crudas de la represión. ¿Esa decisión fue premeditada o surgió en la postproducción?
Siempre lo tuvimos presente. Desde el principio sabíamos que no queríamos suavizar nada. No nos identificamos con ningún partido político y decidimos mostrar los hechos tal como ocurrieron. La memoria incomoda, y va a seguir incomodando, sobre todo a quienes prefieren el silencio o la negación. Pero creemos que el cine tiene que ser honesto, y eso implicaba mostrar la violencia tal cual fue.
El dispositivo del retablo nos ayudó a equilibrar esa crudeza con una mirada poética, pero sin ocultar la verdad. Mostrar, no encubrir. Ese fue siempre nuestro compromiso.
—¿Cómo viviste la protesta del 15 de diciembre de 2022?
Todo comenzó el 7 de diciembre, con el intento de autogolpe de Pedro Castillo. Yo crecí en un entorno con conciencia social: mi padre fue sindicalista y mi madre siempre nos hablaba de justicia. En Ayacucho, cada esquina tiene memoria. Pasas por un puente o por una plaza y encuentras marcas del conflicto, historias de estudiantes, profesores, campesinos. Es imposible ser indiferente.
El 13 de diciembre empezaron las marchas. Fui con mi madre y mi hermana a la plaza. Había gente de todos los distritos, organizaciones, estudiantes. Había una energía de esperanza y rabia contenida. Luego, cuando nos avisaron que parte de la movilización se dirigía al aeropuerto, fuimos con un grupo de amigos. Allí comenzó la represión: bombas lacrimógenas, disparos, caos.
Vi cómo caía Leonardo Ancca. Escuché disparos desde atrás y sentí que era una emboscada. Corrí por mi vida. La masacre se extendió hasta la noche. Ver llegar los cuerpos heridos al centro de salud fue como presenciar una pesadilla. Acompañar luego a las familias de la ASFAH fue muy duro. Pienso que podría haber sido mi madre una de ellas. Desde entonces siento que acompañar esa lucha es también un deber personal.
—El género documental puede incidir en la búsqueda de justicia y verdad en un país como el nuestro…
Sí, absolutamente. En un contexto de silenciamiento, el documental se convierte en un acto de resistencia. Es memoria viva. No es historia oficial, sino la voz de quienes la vivieron. En tiempos donde se amnistía a militares o se retrocede en derechos, el cine documental sirve como un registro que no se puede borrar.
Quizás la justicia no llegue ahora, pero llegará. El documental mantiene viva la verdad, incluso cuando las instituciones la niegan. Es un arma que no dispara balas, pero que apunta directo a la conciencia. Nos recuerda quiénes somos y qué no debemos repetir.
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El retablo de mi protesta se proyectará este jueves 10 de octubre en la sala del Centro Cultural Cine Chimú, como parte de su programación de cine nacional y estará acompañada de un conversatorio virtual con Fidel De la Cruz Sulca. La función invita a reconocer, desde la pantalla, los ecos de una memoria colectiva que aún busca justicia. Una oportunidad para volver a mirar —con la misma fuerza con la que la película interpela— aquello que sigue ardiendo bajo la superficie del silencio.