Díctico francés: una Francia diferente

 

Entre la fragilidad de la acuarela y el pulso del hip-hop, dos películas que confrontan heridas históricas y sociales de Francia —Josep, sobre el exilio español y la memoria dibujada, y La Haine, sobre la rabia juvenil atrapada en los márgenes de París. Gracias a la colaboración con IFcinéma, iniciativa del Institut Français, el público local accede a una programación que invita a reflexionar sobre las fracturas históricas y contemporáneas de la sociedad francesa. El Centro Cultural Cine Chimú abre en Trujillo un espacio para que el cine dialogue con la historia y sus heridas aún abiertas.

 

Escribe Martín M. Sánchez (Anticinefilia)

 

Sobre Josep (Aurel, 2020)

El cine como acto de preservar la memoria es uno de los gestos más honestos y sensibles que pueden existir dentro del arte en general. Es mediante esta fórmula que Josep se presenta ante su audiencia: un ejercicio de memoria. La historia de Josep Bartolí queda impregnada en el filme no solo como un acto humano, sino también como una crítica política dirigida hacia dos naciones, Francia y España.

Situada en el exilio de los españoles durante la dictadura de Franco, la película expone la barbarie sin tapujos. Los franceses manifiestan su salvajismo de distintas formas, siendo la xenofobia una de las prácticas más recurrentes hacia los prisioneros. Más que un antagonismo individual, lo que se representa es una maldad colectiva y consciente, que se plasma en las viñetas del dibujante: fascistas alados entre llantos y desesperación.

 

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El amor hacia María se muestra con la misma pasión que el placer de crear arte. Para Josep, el alma nace de esa conexión, y esa ternura en medio de la guerra construye un contraste paradójico. Esa emotividad se convierte en un impulso por despegarse de la realidad hacia un mundo donde solo existen la libertad y la fiesta, casi como un recuerdo de la España que todos se vieron obligados a dejar atrás.

Aurel compone con austeridad sus imágenes, y esa escasez de pulcritud refleja de manera coherente la situación. Niega el embellecimiento del panorama y, en cambio, muestra los campos de concentración como espacios ásperos y deshumanizantes, donde la suciedad y los establos viejos terminan siendo los lugares más habitables para los exiliados. La línea de animación, a medio camino entre el boceto y la acuarela, transmite fragilidad, como si cada trazo fuese testimonio directo de la memoria.

El diálogo generacional forma parte de la historia: Serge, el militar francés que velaba por la seguridad de los españoles, y su nieto son el reflejo de la herencia memorística de una familia que conserva relatos de impactos como los que muestra el filme. Ese diálogo tan intimista en el lecho de muerte del anciano es también una conversación con el espectador, que implícitamente recibe la petición de no repetir los mismos errores que un día se justificaron como “luchas políticas”.

 

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La producción franco-española funciona como un acto de mea culpa de los galos, una manera de exorcizar los demonios de un pasado barbárico. Con una imagen austera que transiciona a una animación fluida y, por último, a la acuarela, la cinta cierra con emotividad y con humanidad que van más allá de la pesadilla, dibujadas con tinta y precisión. El filme conmueve por su sensibilidad, pero también interpela por su trasfondo político: ¿Es más eficaz como homenaje personal a Bartolí o como denuncia histórica? Esa tensión, lejos de debilitarlo, lo convierte en un testimonio necesario de tan solo 70 minutos.

Sobre La Haine (Kassovitz, 1995)

La Haine inicia con una frase que retumba como sentencia: “hasta ahora todo está bien”. Esa caída en cámara lenta hacia lo inevitable se convierte en la estructura invisible que sostiene el filme. Desde ese momento, Kassovitz no busca relatar una historia lineal típica, sino una sucesión de escenas donde el tiempo tiene una importancia descomunal, como la de una bomba. Con la propuesta ya presentada, inicia la vista de un París distinto. Uno más real.

Ese trío de amigos concentra la complejidad de una juventud atrapada en el margen. Vinz encarna la furia desbordada, la rabia que busca un blanco donde estallar; Saïd, el mediador, intenta sostener un equilibrio imposible entre el humor y el desencanto; mientras que Hubert forma parte de la voz de la conciencia. Los tres son la representación de la marginación, desde cómo los ven en su entorno hasta cómo ellos deciden comportarse durante la duración del filme. Una forma de dar lo que ellos reciben en una sociedad destruida.

Es hora de ponernos serios y hablar de «La Haine» («El odio»)

 

Los grafitis hablan en las paredes, voces anónimas que narran la descomposición social, mientras la cámara recorre un París clandestino, despojado de romanticismo. Aquí la ciudad no deslumbra con monumentos, ahoga con concreto, con la violencia de la indiferencia. Una selva de cemento tras otra, donde ninguno, aunque quiera, puede salir. Esa prisión tiene nombre: odio. No es el odio de un individuo, sino uno generacional, heredado y compartido, filtrado en cada mirada, en cada oportunidad de empuñar un arma. La represión policial es un recordatorio constante de que los protagonistas no pertenecen al orden que los rodea, y las figuras familiares completan un círculo de abandono. Humbert observa el derrumbe de su mundo entre disturbios, mientras la indiferencia materna cristaliza el peso del desamparo, tan duro como los golpes que propia a su saco de boxeo.

En este vacío, la cultura se convierte en respiración. El hip-hop irrumpe como manifiesto y latido. Una poética de la rabia que acompaña la amistad y la resistencia. No es banda sonora, es una palpitación que mueve la vida de sus personajes, de una capital que observa hacia abajo y con desprecio a sus habitantes que se consumen los unos a los otros, como parásitos sin consciencia, que, aunque no quieran serlo, la realidad los convierte en ello.

El tiempo, en el filme, no avanza: se repite. Es un reloj detenido en la tensión, en la espera de un disparo que todos saben que llegará. Ese bucle convierte la vida en un estado de vigilia, donde la esperanza se apaga como la luz de la Torre Eiffel. La película nos arroja a un precipicio sin red, nos hace caer con ellos y repetir la frase inicial: “hasta ahora todo está bien”, con la certeza de que ese “bien” es, apenas, un espejismo en la inercia de la caída sin un aterrizaje exitoso.

Esta muestra llega a Trujillo gracias a la alianza con IFcinéma, plataforma del Institut Français dedicada a la difusión del cine francés en todo el mundo. Gracias a esta colaboración, el Centro Cultural Cine Chimú acerca a su público obras que difícilmente encuentran espacio en las carteleras comerciales y amplía la diversidad de géneros disponibles: desde la animación histórica y sensible de Josep, que rescata la memoria de los exiliados republicanos españoles, hasta el drama urbano y social de La Haine, que expone la rabia de una juventud atrapada en los márgenes de París. Esta iniciativa conjunta fortalece el diálogo cultural entre Francia y la audiencia trujillana, ofreciendo un cine que combina sensibilidad artística con una reflexión crítica sobre el pasado y el presente.