Ino Moxo–el sueño del brujo: introspección a lo místico

 

Ino Moxo fue proyectada el sábado 29 de noviembre a las 7 p. m. en el Cine Chimú. Antes de cerrar el año, compartimos con ustedes la crítica de nuestro colaborador Martín Sánchez, que analiza el documental de Rodolfo Arrascue como una propuesta sensorial que cruza lo real y lo onírico para aproximarse a la cosmovisión amazónica, problematizar la representación de la ayahuasca y proponer una experiencia contemplativa que interpela activamente al espectador.

Escribe Martín Sánchez (@Anticinefilia)

Rozando entre la narrativa y un montaje que coquetea con la ficción —pese a ser un documental—, Ino Moxo es una obra que tiene como prioridad salvaguardar la cultura amazónica y que, en el proceso, termina alcanzando mucho más de lo que propone. Su mirada se sostiene en una exploración sensorial que no solo registra, sino que obliga a sentir el pulso del territorio que retrata. Entre silencios que respiran y una sonoridad selvática que guía el recorrido entre las aguas, la película construye un espacio donde cada pausa y cada vibración del bosque adquieren un carácter casi ritual. Su poco menos de hora y media de duración se convierte así en una experiencia que prescinde del artificio para apostar por la contemplación, por el respeto a la cosmovisión amazónica y por la potencia simbólica que ofrece.

El largo proceso de gestación, extendido por más de una década, le permite al filme adentrarse con profundidad en las comunidades y territorios que recorre: Yurimaguas, Tarapoto, Rioja, Iquitos, Pucallpa y Madre de Dios. Esa permanencia prolongada no solo revela la diversidad amazónica, sino también el respeto que une a sus sociedades y la manera en que, pese al paso del tiempo, conservan una relación espiritual y cotidiana con la selva. Por ello, más que un documental al uso, el largometraje se erige como un archivo fílmico de enorme valor, una pieza destinada a perdurar y a ser revisitada como material de estudio y de preservación cultural.

 

 

Se suele pensar erróneamente que la ayahuasca es solo un brebaje psicodélico que despoja a las personas de sí mismas, y el cine ha reforzado esa visión al usarla como un recurso narrativo superficial y repetitivo. En el filme de Arrascue sucede lo contrario: la ayahuasca se convierte en un acto de introspección, una búsqueda de cura y, sobre todo, una vía de reconexión amazónica entre el hombre y la tierra. El director traslada esa experiencia hacia lo onírico, donde encuentra el espacio ideal para articular su mensaje. Allí, las visiones adoptan formas como la pantera o el agua, símbolos que no solo enriquecen la estética del filme, sino que recuperan lo fantástico que tantas veces olvidamos que habita en la selva peruana. Con ello, no se exotiza la espiritualidad amazónica: se reivindica y se devuelve a su lugar esencial dentro de la identidad del metraje.

En ese mismo espíritu de experimentación, que tanto me fascina explorar en mi cinefilia, también se puede percibir una fisura con la audiencia. La obra, al divagar entre la realidad y lo onírico, a veces pierde su rastro narrativo, arrastrando al espectador por senderos simbólicos que se sienten reiterativos o excesivamente abstractos. Estas redundancias no disminuyen la potencia de su propuesta, pero sí exigen del público una paciencia activa, una disposición a perderse y encontrarse de nuevo en el flujo de imágenes, sonidos y rituales. Es un cine que desafía la comodidad de la mirada y la certeza del relato, y que, precisamente por esa osadía, puede generar desconcierto, fascinación o incluso frustración. Depende mucho del contexto en que es visto.

 

Ino Moxo confirma una teoría que llevo años considerando verídica: es imposible hacer una mala película en la selva peruana. Entre el aura del misticismo y la belleza natural se conjuga un espectro cinematográfico digno de preservación. Es entonces que el viaje por encontrar al chamán se convierte en una experiencia sensorial que interpela a lo más profundo del espectador ante las posibles respuestas a las incógnitas de la vida. Entre esa belleza ornamental se encuentra el buen ojo de Rodolfo Arrascue y la bendición del bosque, logrando una obra que respira cine y espiritualidad de comienzo a fin.

 

Crónica postproyección:

El encendido de las luces postproyección y la entrada de Rodo Arrascue, el director, con una máscara tradicional que representa a una pantera, fue lo más aplaudido de la función. Era innegable que al público le había fascinado el viaje onírico que el docuficción proponía. Gracias al Cine Chimú tuve la oportunidad de moderar el conversatorio y, como casi siempre cuando hay un director presente en la sala, las manos en alto no se hicieron esperar.

La primera pregunta llegó con felicitaciones incluidas, aunque en esencia expresaba una preocupación: ¿cómo se consiguió la participación de los curanderos amazónicos?

Rodo agradeció y explicó lo complejo que fue encontrarlos, pues habitan en lo profundo de la selva. Ese proceso —junto con episodios como el robo del material de la película durante su estadía en Pucallpa— extendió el rodaje a siete años y la posproducción a tres, sin contar los once meses en los que se alejó del proyecto debido a la depresión que le generó el hurto de su avance. “Uno de los chamanes era mi maestro; por eso se me hizo fácil conseguirlo para la película. Ahí conocí a detalle esa faceta suya. Los demás chamanes eran difíciles de encontrar, casi imposibles”, comentó Arrascue.

La segunda pregunta giró en torno a la posible inspiración del director en los cuentos de César Calvo, sobre todo por compartir título. “No se tomó como referencia directa, pero el cuento del gran escritor César Calvo tiene los mismos cimientos que la película. Ambos retratan esa búsqueda espiritual hacia el chamán. Para mí, Ino Moxo es el detonante narrativo de todo la docuficción, y por ello el viaje se centra en el encuentro con la ‘pantera negra’”, respondió.

La última intervención del público llegó con una inquietud personal hacia el director: “¿Usted cree en lo místico y tiene respeto por ello?”. “Creo y tengo respeto ante lo místico. Eso me brindó sostenibilidad para acabar la película”. Con esa afirmación dio por concluido el conversatorio.

Cerrado el espacio de tertulia, se realizó un sorteo de merch que incluía totebags, pósters, libretas místicas y la pieza artística con la que el director había ingresado en escena. Todos querían llevarse un recuerdo; solo algunos lo lograron. Pero, de alguna manera, la experiencia de haber visto la película ya los había satisfecho. La celebración selvática había llegado a su fin, aunque —como en la película— el Ino Moxo permanecía aún sin ser encontrado.