Luego de un recorrido por festivales y conversaciones que han puesto en debate la representación de la masculinidad militar en el cine peruano, Vino la noche llega finalmente a Trujillo para dos únicas funciones en el Centro Cultural Cine Chimú —el domingo 7 de diciembre a las 6 p.m. y el sábado 13 de diciembre a las 7 p.m.—, abriendo un espacio para reflexionar sobre la vida en los cuarteles, el desgaste emocional de la formación castrense y la frontera incierta entre obediencia, sacrificio y supervivencia. En este retorno a la oscuridad de la sala, la película invita al público a entrar en sus silencios, en sus estruendos y en ese descenso íntimo hacia la fragilidad del cuerpo y la memoria.
Escribe Martín Sánchez (@Anticinefilia)
Con un salto de fe al vacío, donde solo los recuerdos de vivir dependen de un paracaídas, Paolo Tizón presenta su ópera prima. Un documental irrepetible no solo por el conjunto de vivencias que llevó a su director a interesarse en el ejercicio militar —el mismo que su propio padre experimentó—, sino por la clarividencia en su postura: la de un fantasma que observa y promueve la inmersión en la vida de los jóvenes en este descenso a los infiernos que implica prepararse para la Fuerza Aérea Peruana. Es con esa caída libre desde una avioneta de guerra donde se plantean todas las aristas que atraviesan el filme: la esperanza de vivir y la lejanía de lo ya vivido. Una excelsa combinación de registro y significancia.
La masculinidad es el punto central del relato. Ellos ingresan al entrenamiento dispuestos a tomar valentía —o más allá de eso—, a conseguir un propósito. Son hombres dispuestos a ser fuertes, por la misma estructura social que los moldea ante lo “correcto para la guardia nacional”. El contexto los consume al nivel de convertirlos en máquinas, ante la negación de querer olvidar a sus madres, padres, amigos y, sobre todo, como a varios de ellos, a sus exparejas. Un panorama nacional que entristece ya que la figura de masculinidad está subordinada al trauma de la guerra y a la negación de la existencia del estrés post–traumático. Es con eso que se logra una radiografía de la hombría en el campo militar, una realidad que poco se había tocado en el cine nacional, al menos a niveles tan íntimos como en este documental.

Esa masculinidad fracturada encuentra su eco visual en la estrategia formal del film. A través de la predominancia en el plano busto, la imagen se mantiene cercana entre la camaradería y la muerte, en un estado latente que ellos mismos perciben, pero que asumen con suma frialdad debido al proceso de deshumanización que conlleva la vida militar, sin saber que la muerte puede ser un dolor similar al de su propio entrenamiento. Es entonces cuando la claustrofobia del VRAEM y la necesidad de dejar ir lo que más quieren convierten esta propuesta en un documental tan intimista como sincero en su forma; una obra tan disciplinada y, a la vez, macabra por cuenta propia. No se necesita criticar a la FAP: solo una cámara que acompaña durante las noches y la parca en forma de estruendos que acechan desde el fondo de la selva dicen más que cualquier contrariedad hablada. Un juicio silencioso.
El sonido es, en esencia, el mayor aliado narrativo. Con su atmósfera envolvente y su pureza dispuesta a captar hasta la mínima expresión, impacta más que la propia visualización de la violencia —casi nula en presencia física—, y es en ese momento que el micrófono se vuelve testigo de la barbarie, capturando golpes, detonaciones de bombas, armas rastrillándose y balas cayendo al suelo. Aunque lo más tenebroso llega a ser el quejido humano de hombres dispuestos a matar o morir por la estructura social que los sostiene. Cercano al final, unos cánticos de marcha militar marcan lapidariamente dos minutos de vacío, de inexistencia, donde cada uno de ellos ha dejado su vida y, al igual que nosotros, no puede ver lo que le depara. Es ahí cuando la sublimación del diseño sonoro se convierte en el elemento mortal.

Entre lo oculto también se encuentra el peligro latente del VRAEM. Ahí la oscuridad espanta, no solo por las guardias ni por la violencia que deben enfrentar los militares, sino por la respiración en la nuca que provoca no saber quiénes podrían estar observándolos. El documental aprovecha este vacío para convertir al entorno en una presencia que acecha. El tratamiento que se le da desde este punto es pertinente y eficaz: el antagonismo al que podrían enfrentarse —el terrorismo y el narcotráfico— funciona como advertencia, mientras que el propio endurecimiento se revela como el verdadero peligro. Con ello, el filme subraya una experiencia aún más escalofriante, donde el espectro y el castigo son presencias inevitables que condicionan la falsa valentía frente a la muerte.

La esperanza toma forma en el retorno de Jhordy Febre a su hogar y su familia. Él fue uno de los muchos hombres que entraron a la vida militar por decisión propia, pero el poético cierre de él jugando con sus familiares y amigos en el agua refleja el absurdo valor de la hombría y del peligroso juego del patriotismo disfrazado de entrenamiento militar: campos de concentración de tortura voluntaria. No existía mejor forma de cerrar una brecha marcada por la llamada de la muerte: al final, solo queda vivir para refrescarse en el agua.
¡Tenemos dos únicas funciones en el Cine Chimú! 🎬
🍿 Domingo 7 de diciembre a las 6 p.m.
🍿 Sábado 13 de diciembre a las 7 p.m.
Puedes comprar tus entradas a 10 soles en ▶️ https://www.cinechimu.pe/f/vino-la-noche
📍 Centro Cultural Cine Chimú: https://maps.app.goo.gl/pxJU2d6fxqJyfj986