Durante las previas del Festival de Cine de Trujillo, el Cine Chimú fue escenario de un reencuentro con dos miradas que revelan el país desde sus fracturas y esperanzas: La piel más temida y Misión Kipi. Nuestro colaborador Martín Sánchez asistió a ambas proyecciones para ofrecernos este análisis que va más allá de la crítica, y se adentra en los vínculos entre identidad, memoria y educación. Dos películas que, desde territorios distintos, dialogan con una misma pregunta: ¿quiénes somos cuando el olvido amenaza con definirnos?
Escribe Martín M. Sánchez (@anticinefilia)
El Festival de Cine de Trujillo ha iniciado esta semana con su duodécima edición y, como ya es tradición, lo hace precedido de sus previas, con una curaduría especial de cortometrajes y largometrajes ganadores de ediciones pasadas. Gracias al Cine Chimú —que muy amablemente me invitó a compartir esta fiesta cinéfila con ellos— pude asistir a las dos fechas de proyección y disfrutar de dos películas que venía esperando con ansias desde el año pasado. Ambas ya se habían estrenado anteriormente en la ciudad gracias al mismo FECIT. Esta vez, la ocasión era irrepetible, y resultaba imposible no escribir sobre ellas, pues temáticamente comparten mucho y, sin duda, quedarán marcadas para la posteridad dentro de la vasta cinematografía nacional.
La primera fue La piel más temida, de Joel Calero, probablemente la cinta peruana más comentada de 2023 —para bien y para mal—, que narra la reconexión cultural de una joven aislada de su cultura, pero que, a la vez, tiene el pleno interés de conocer su propio origen. Para cerrar estas proyecciones organizadas por el festival y el Cine Chimú, se presentó también Misión Kipi, de Sonaly Tuesta, el premiado documental que urge seguir viendo para comprender mejor la realidad educativa del Perú que el Estado continúa olvidando.

La piel más temida: la herida de la identidad
Joel Calero regresa con la segunda parte de su trilogía sobre la pasión y la culpa, y lo hace con su obra más introspectiva hasta ahora. Lo que el ruido mediático quiso reducir a controversia, en realidad encierra una de las exploraciones más honestas sobre la identidad, el desarraigo y la memoria en el cine peruano reciente. Calero no filma el conflicto social sino el íntimo: aquel que se esconde en la piel de quienes no saben a dónde pertenecen.
Juana Burga interpreta a Alejandra con una vulnerabilidad contenida, como si el cuerpo le pesara por cargar un país que siente ajeno. Su regreso al Perú no responde a la nostalgia, sino a la necesidad de reconocerse en lo que dejó atrás. Al igual que su personaje, la modelo-actriz encarna a una mujer peruana que ha crecido fuera, desconectada de sus raíces, sin una identidad definida más allá de la mirada extranjera. Esa correspondencia vital entre actriz y personaje dota a la interpretación de un realismo emocional que traspasa la pantalla: lo que se ve en su rostro no es actuación, sino una búsqueda.

Cusco emerge como un territorio de revelación: su grandeza no es postal, sino herida. Las montañas y las casonas coloniales se transforman en espejos del alma. En una de las escenas más poderosas, Alejandra es rechazada por su padre y el plano acompaña la extensión árida de la tierra que la rodea: una tierra seca que simboliza su desconexión. Frente a ello, la belleza colonial de su infancia se vuelve una cárcel de recuerdos. Calero logra que el espacio respire junto a sus personajes, que el entorno sea una extensión emocional de su pérdida.
La maldad que surge del terrorismo no es romantizada ni justificada. El filme la enfrenta desde la fractura emocional que deja en quienes la sobrevivieron, narrada con excelencia en la escena del camión y el exmilitante. Calero se distancia de toda mirada complaciente: el horror no se filma como ideología, sino como cicatriz. Con diálogos que intensifican la realidad —como la imagen mental que Américo, el tío de Alejandra, comparte con el espectador al evocar la masacre de Lucanamarca—, es evidente que en ningún momento se busca la redención de ningún personaje vinculado al hecho violento. Es, más bien, una presentación magistral de un personaje que carga una consigna que marcará la herida de la dupla en este viaje de identidad: Alejandra y Dominga, su abuela. Calero demuestra que, para representar la barbarie, no es necesario mostrar sangre al rojo vivo ni presentar al culpable como una bestia que babea mientras ejecuta el horror: bastan unas cuantas frases imposibles de tragar, ni con toda el agua del mundo.

El vínculo entre ambas protagonistas funciona como el corazón emocional de la historia. En Dominga no solo se encuentra una figura familiar, sino un eco de su propia existencia: una mujer que también ha cargado con el peso de las malas decisiones de su hijo, en el mismo sufrir que experimenta el personaje de Burga al no poder tener una figura paterna que la quiera. La abuela, interpretada por María Luque con una sobriedad conmovedora y una calidez entrañable, representa la raíz que Alejandra intenta rescatar. A través de su presencia —más espiritual que narrativa—, la película construye un puente entre generaciones fracturadas por el tiempo y la distancia.
Las carcajadas y la serenidad se fusionan en unos diálogos propios del autor, que entorpecen el cariño inmediato hacia la dupla y revelan, en cambio, la tensión del reencuentro con lo que uno fue. Pese a todo esto, aún existe cierto rechazo hacia la película en un sector que cree conocer la verdad absoluta y se queda con lo que le contaron las generaciones pasadas. Quizá ellos también deberían emprender un viaje hacia su propio origen, al igual que Alejandra, para descubrir que la historia es mucho más compleja, y que el sufrimiento no pertenece a un solo lado, sino que atraviesa todos los cuerpos y memorias que intentan seguir viviendo con la piel consumida por el miedo.
Misión Kipi: el sueño de enseñar
Misión Kipi se presenta como un acto de fe en la capacidad de transformación de los territorios olvidados y, al mismo tiempo, como un gesto de confianza en un cine peruano capaz de trascender la urgencia comercial. Sonaly Tuesta incursiona en el largometraje documental con una historia que, en apariencia, podría parecer sencilla, pero que en su desarrollo revela una tensión mucho más profunda: la de la raíz, la periferia y la innovación que surge ante la ausencia y la desatención del Estado. El robot Kipi, creado por Walter Velásquez, no es solo un objeto tecnológico, sino un puente hacia la comunidad, un símbolo que encarna la resiliencia de un pueblo que lucha por permanecer conectado con la educación y la esperanza de un futuro mejor.

El documental no oculta sus tensiones ni suaviza la dificultad de la empresa. La falta de conectividad, la escasez de recursos y la necesidad de apoyo institucional se presentan como fantasmas persistentes que atraviesan la narración. La directora no busca edulcorar la historia ni ofrecer un triunfo lineal: muestra la lucha constante de quienes asumen la responsabilidad de educar en lugares donde la educación misma parece un lujo. Es en esa tensión donde Misión Kipi encuentra su mayor fortaleza y su resonancia temática.
La película se construye también como un homenaje a la materialidad del entorno. Huancavelica, con sus montañas, comunidades y paisajes, no es escenario ni fondo decorativo: es un personaje vivo que respira junto a los protagonistas. Las escenas en las que Kipi y los niños interactúan se cargan de un realismo que trasciende la cámara documental, porque Tuesta privilegia la autenticidad de la acción por encima del guion estricto. El lenguaje visual convierte cada aula improvisada y cada caminata entre montañas en un espacio emocionalmente expansivo, donde la geografía y la búsqueda insaciable de educar se encuentran.
Misión Kipi es, además, un recordatorio de la fragilidad y la complejidad de las soluciones educativas. No basta con la tecnología ni con la buena voluntad; hace falta reconocer que la educación es un acto de raíces, de identidad y de pertenencia. La robot no enseña solo materias, sino que activa memorias, dignifica saberes y permite que la comunidad se reconozca como sujeto activo de su propio destino.

En su dimensión más profunda, la cinta dialoga con la noción de identidad y pertenencia que atraviesa todo el cine peruano reciente. La directora nos recuerda que la transformación no depende únicamente de un héroe aislado, sino de la interacción entre territorio, historia y comunidad. En conjunto, se subraya que la educación y la innovación son también actos de memoria y resistencia, y que en cada niño que aprende, en cada robot que recorre caminos imposibles, se perpetúa la posibilidad de un país que se reconoce en sí mismo, incluso desde los lugares más remotos y olvidados.